Desde Sexorum venimos observando que entre los actuales planteamientos profesionales sobre el hecho sexuado en el ámbito de la discapacidad surgen al unísono un deseo por subrayar la importancia de esta dimensión y a su vez otro de generar mecanismos de urgencia para su incorporación inmediata en agenda.

La mayoría de estos planteamientos comparten la urgencia y la vía de acceso: abordar la sexualidad como un derecho.

Somos conscientes de que los derechos y su reivindicación suponen un intento por equiparar las personas con discapacidad al resto, combatir los prejuicios y sustituir la imagen asexuada de este colectivo. Incorporar la dimensión sexuada es dar un paso más en la dignificación e integración en la sociedad de mujeres y hombres con discapacidad. Los argumentos parecen sencillos, si los hombres y mujeres con discapacidad tienen derecho al trabajo, por qué no lo tendrían a amarse, a disfrutar de sus cuerpos y de los cuerpos de otros u otras, a emparejarse y convivir, a tener hijos…

Todo esto es evidente, sin embargo, la vía de acceso la consideramos desacertada, pues la sexualidad no es un derecho, sino un hecho.

La sexualidad es la cualidad de ser sexuados, en masculino y femenino. Diversos. La diversidad forma parte de cada hombre y mujer, puesto que cada uno es único, peculiar y se construye a lo largo de su vida.

Parece obvio que ser y sentirse mujer u hombre es un hecho indiscutible, y por ello es tan importante ser reconocido y tratado como tal por los otros. Esta obviedad, sin embargo, con frecuencia es puesta en cuestión en el ámbito de la discapacidad, especialmente en la discapacidad intelectual, ya que a mujeres y hombres se les ha dificultado en primera instancia el reconocimiento y cultivo de su feminidad o masculinidad.

Un signo evidente del intento por asexuar a este colectivo es el abandono que en ocasiones se observa en el aspecto y el descuido de su imagen por parte de familiares y profesionales a cargo que utilizan una indumentaria infantil, pasada de moda o vieja. Es común que se descarten prendas como el sujetador, los tacones o los pendientes, que se evite la depilación, el afeitado, el maquillaje, el uso de tintes y ciertos peinados: ¿Por qué? ¿Se procura ofrecer un aspecto que no resalte los rasgos femeninos o masculinos? ¿Por qué esa tendencia a asexuar?

Estos detalles son tan importantes que no solo pueden contribuir en gran medida a dificultar el desarrollo de sus peculiares modos, sino que influyen en ocasiones en sus formas de relacionarse, en sus anhelos y atracciones.

Partiendo de la sexuación como un hecho, y no como un derecho, podremos comprenderla en toda su diversidad, valorarla y cultivarla en todas sus opciones. Atender la sexualidad de las personas con discapacidad intelectual por tanto significa buscar posibilidades de que sean miradas como mujeres y hombres, amantes y amados, deseantes y deseados, anhelantes y anhelados, que se buscan y se encuentran… y sí, como el resto, también con sus dificultades.

(Para leer más sobre sexualidad y discapacidad, no dejéis de visitar a los compañeros de Sexología en redes sociales)

Sonia Conde. Sexóloga y educadora social