En las últimas semanas por unos motivos u otros ha salido el tema de las relaciones eróticas y los orgasmos en diferentes conversaciones a mi alrededor. Y parece que hay una cosa común en todas ellas: si no hay penetración y no hay orgasmo estamos ante una relación de segunda. Muchos de los que toman parte en esas conversaciones, luego, cuando conocen que soy sexóloga, vienen a preguntarme en privado qué pueden hacer ante esa dificultad que están teniendo. Y tengo ganas de decirles lo que me decía a mí mi abuelo cuando era pequeña: de aquellos polvos estos lodos. Y nunca mejor dicho.

Nuestro cuerpo es un escenario sin par para las relaciones eróticas. Prácticamente cada centímetro de nuestra piel puede proporcionarnos placer de incontables maneras, y también puede darlo. Sin embargo, parece que los genitales son el único lugar en el que el placer puede ser de primera. A veces pienso qué pasaría si este tipo de obligaciones se impusieran en otros ámbitos. Por ejemplo, si se obligara a todos los conductores a conducir a 120km/h cada vez que cogen el coche, tachándolos de conductores de segunda cuando no lo hicieran. ¿Y si sólo circulan por ciudad? ¿Y si ese día tienen ganas de ver el paisaje? ¿Y si van por una carretera de segunda? No importa, si tienen un coche y conducen, tienen que ir a 120. Ridículo.

¿Qué pasaría si se obligara a toda la gente que le gusta la escalada a subir todos los fines de semana al menos una montaña de 1000 metros? ¿Qué pasaría si se obligara a toda la gente golosa a acabar sus comidas con un pastel? Al final, esas cosas que antes eran un placer se convertirían en una obligación. Cuando el deseo se convierte en deber, hasta las cosas que más gustan pueden llegar a aburrir, incluso pueden llegar a ser fuente de sinsabores.

Así buena parte de las dificultades que a menudo surgen entorno a la erótica tienen su causa en que se ha perdido la brújula del deseo. En su lugar, se utiliza la brújula de la moda, de lo que les gusta a otros, de lo que otros dicen que les gusta. Y poco a poco, se abandona el camino de la exploración, para entrar en la autovía de las convenciones. Y esto se refleja en las expresiones que se usan para hablar de la erótica: echar un polvo, follar, mojar,… que reducen algo rico y complejo en, básicamente, dos cosas: la cópula y el orgasmo.

Y, una vez que se ha quitado todo lo demás, quedándose sólo con estas dos cosas, el lio llega cuando una de las dos no se alcanza. Y entonces empiezan las consultas a los especialistas, la búsqueda de un medicamento milagroso (que un polvo arregle otro)  y la problematización de lo que antes era una fuente de disfrute.

Y, a lo mejor, la cuestión es olvidarse de las costumbres, lo que dicen l@s amig@s, lo que sale en las películas, olvidarse de que el coche puede llegar a 120 y a más y experimentar el placer de conducir. Tal vez podamos volver al coche, con la experiencia que tenemos después de tantos años conduciendo, pero con el mismo cuidado, la misma atención y la misma sensación de incredulidad por ser capaces de conducir que teníamos cuando aprendíamos a manejar el coche de la autoescuela.

En la adolescencia, bastaba el roce de una mano o un beso para subirnos al séptimo cielo y no hacía falta siquiera acercarse a los genitales, ni estar desnudos, no hacía falta más que sentir y explorar.  Tal vez, podamos volver a los encuentros con nuestra pareja, con la experiencia que hemos acumulado, pero con el mismo cuidado, la misma atención y la misma incredulidad por ser capaces de experimentar casi tantas sensaciones como centímetros cuadrados tiene nuestra piel.